Recuerdo que no hace tanto, vivir, no era más que un juego. Un juego en el que nos peleábamos por ver quien terminaba antes la tarea en clase. Un juego en el que corregir al maestro de matemáticas significaba ser el mejor. Que un compañero te pasara la pelota en el recreo y marcaras un gol suponía ser popular. Un juego en el que pasarse una nota en clase significaba arriesgar el cariño de la profe hacia ti por ser descuidado y estar distraido; en el que deseabas que tocase el timbre del recreo o de la salida, para quedar por la tarde con tus amigos e ir a un parque a jugar. Un juego en el que un cumpleaños era un estallido de alegría y felicidad por parte de todos. Y que leer no era más que un pasatiempos para competir y ver quien era el que más leía de toda la clase. Un juego en el que ponerte tacones que te doblaban el número de pie y probarte el vestido de gala favorito de tu madre, no era sino una reprimenda y aunque lo volvieras a hacer, tu madre sabía que era porque con ellos te divertías y jugabas a pasearte por toda la casa como una modelo de la tele con tus amigas. Sin embargo, poco a poco, crecemos, unos antes y otros después. Y empezamos a dejar de lado la importancia de las cosas significativas. Y dejamos de jugar a ser mayores y empezamos a ''creer que lo somos''. Creemos saber tanto como un adulto, pensamos llevar siempre la razón, damos motivos para que la confianza en nosotros para los demás no crezca. Y entonces es cuando corregir al maestro de matemáticas supone ser el cerebrito de la clase; leer implica ser una empoyona. Empezamos a sentirnos inferiores o a crecer nuestro ego e ignorancia sin motivo y hacemos estupideces que jamás habrías hecho de pequeño, y que no creo que hicieras como adulto. Las mayores tonterías escritas se llevan a cabo cuando uno se cree maduro e importante, aunque en realidad no lo sea. Y es que en realidad solo creces cuando te das cuenta de tus errores, cuando aprendes con cada paso que das, cuando te levantas por cada caída, cuando aprendes a valorar lo que verdaderamente importa, cuando enseñas el camino a quien se ha perdido, cuando te dejas ayudar porque no encuentras la salida... Solo entonces creces un poquito más. Porque creemos que todo es complicado y que nadie entiende porque reaccionas de una manera u otra, y es que, primero debemos aprender a rectificar de nuestros errores, comprender nuestros sentimientos y pensamientos, y puede que entonces sea más fácil que los demás lo hagan, que los demás nos entiendan. No hay que darle importancia a lo que no la tiene pero tampoco dejar de darsela a l que significa algo para nosotros. No hay más, simplemente hemos olvidado como jugar, hemos tirado los juguetes a la basura, y cuando echemos en falta esa inocencia y esa felicidad o despreocupación entonces todo estará perdido. No habrá más remedio que seguir adelante sin los juguetes que un día abandonamos por querer creer que ya no los necesitábamos. Y es que en realidad todo se basa en ello, en un juego, un juego llamado Vida.
A no ser que no exista.
"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela: su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio." Carlos Ruiz Zafón
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