A no ser que no exista.

A no ser que no exista.
"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela: su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio." Carlos Ruiz Zafón

lunes, 21 de febrero de 2011

Esperanza y decepción.

La esperanza... 
después de aquel día no supe más de ella, 
un día dejó de existir. 

Aún recuerdo que mi única fortaleza, 
fue siempre la esperanza, 
que solo ella regresaría a mi. 

Pero después un día se acabó. 
No había nada que me hiciera recobrar ese sentimiento,
se había esfumado, quizás lo hube sustituido, 
tal vez no tuviera razones para pensar que debía seguir ahí. 

Estaba muerta. 

También para los recuerdos...
 era demasiado tarde. 
Ahora ya no los quiero. 
No se si los quise. 
Los abandoné. 

Ya no guardo en mi mente el perfume de su piel 
ni en mis ojos el color de sus ojos. 
Ya no me acuerdo de su voz, 
salvo a veces de la dulzura con la fatiga de la noche. 
Ya no oigo la risa, 
ni la risa ni los gritos. 

Por eso escribo ahora tan fácilmente sobre ellos, 
tan largo, tan tendido, 
se han convertido en escritura corriente. 

Porque ahora solo veo la decepción, 
que se agrupa de manera incontrolable, 
dentro de mi. 

La ingenuidad en sus palabras fue lo único que creí. 
Y la decepción llega a mi como en la noche oscura. 
Un susurro vuelve a acercarse. 
Una angustia apenas experimentada se presenta de repente, 
una fatiga, la luz en el río, que se refleja pero apenas. 
Una sordera muy ligera también, una niebla... por todas partes.


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