Que agradable sensación... que el viento acaricie tus mejillas una mañana de invierno, mientras hueles ya la primavera llegando; acercándose al brillo del sol. Tu pelo ondeando suavemente mientras compartes unas risas. El aleteo de un ave sobrevolando el claro cielo. El sol reluciendo, creando sombras en el suelo y en nuestras caras sonrientes. Maia reía alegremente y las comisuras de sus labios subían creando una sonrisa tan natural que la alegría parecía ser como el oxígeno que respirábamos, nos invadía.
El viento pasaba las hojas de un cuaderno lleno de recuerdos. Y mientras aparecía un momento histórico en él escrito, nosotras nos proponíamos seguir la rutina y abandonar algún que otro momento. Entonces Annia cerró el cuaderno y lo guardó en una mochila, mi mochila. Fue apenas perceptible y no nos dimos cuenta de que con ese cuaderno guardamos una historia que jamás sería revelada. Un cuento que nunca más tomaría parte en nuestras vidas. No, no lo hicimos, no pudimos observarlo... El cuaderno olvidado se cerró y con él, recuerdos que no morirían hasta no ser olvidados. Pero nosotras continuamos riendo sin notarlo. Annie, Maia, Nara... nombres que fueron guardados con deseos, logros y actos encadenados. Con un lugar donde esconderse, sin un lugar donde dirigirse...
A no ser que no exista.
"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela: su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio." Carlos Ruiz Zafón
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