A no ser que no exista.

A no ser que no exista.
"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela: su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio." Carlos Ruiz Zafón

miércoles, 23 de febrero de 2011

Un minuto más para soñar.

Sentada en el banco de una calle desierta, con las manos cruzadas sobre las piernas y mirando el brillo de la oscura noche. La niebla tejía telarañas en cualquier punto al que miraba, telarañas que tejían una abrumadora tristeza, que la atrapaban una y otra vez en un mismo silencio. En un silencio vacío de ilusión y lleno de lágrimas. Lágrimas que caían lentamente, y tan solo una por cada razón por la cual no debieron caer. No creía en nada que no hubiera visto y tenía miedo de lo que aún le faltaba por ver. Se hallaba buscando un cuando un como y un por qué para que le llevaran al final de ese trayecto sin lugar. 

[...No siento lo mismo...Ni siquiera lo había pensado...] 

No tenía la necesidad de hacerlo, no quería parar a ver la realidad, no quería escucharlo hablar una vez más. Tenía miedo y no quería confundirse de nuevo, prefería seguir imaginándose que eso no iba con ella. Así estaría todo bien o al menos hasta que finalizara ese episodio de incertidumbre. Y pasaron los días y despertó algo en ella, algo estúpido que hizo hablar... y lo intentó, aunque solo consiguiera susurrarlo, lo había hecho. Pero para entonces él no estaba, no la hubo escuchado así que, dio la vuelta a la hoja y se marchó para escribir este texto. Ya era demasiado tarde, pensé. Quizás no me habría atrevido, pero... Y por qué no?

lunes, 21 de febrero de 2011

Esperanza y decepción.

La esperanza... 
después de aquel día no supe más de ella, 
un día dejó de existir. 

Aún recuerdo que mi única fortaleza, 
fue siempre la esperanza, 
que solo ella regresaría a mi. 

Pero después un día se acabó. 
No había nada que me hiciera recobrar ese sentimiento,
se había esfumado, quizás lo hube sustituido, 
tal vez no tuviera razones para pensar que debía seguir ahí. 

Estaba muerta. 

También para los recuerdos...
 era demasiado tarde. 
Ahora ya no los quiero. 
No se si los quise. 
Los abandoné. 

Ya no guardo en mi mente el perfume de su piel 
ni en mis ojos el color de sus ojos. 
Ya no me acuerdo de su voz, 
salvo a veces de la dulzura con la fatiga de la noche. 
Ya no oigo la risa, 
ni la risa ni los gritos. 

Por eso escribo ahora tan fácilmente sobre ellos, 
tan largo, tan tendido, 
se han convertido en escritura corriente. 

Porque ahora solo veo la decepción, 
que se agrupa de manera incontrolable, 
dentro de mi. 

La ingenuidad en sus palabras fue lo único que creí. 
Y la decepción llega a mi como en la noche oscura. 
Un susurro vuelve a acercarse. 
Una angustia apenas experimentada se presenta de repente, 
una fatiga, la luz en el río, que se refleja pero apenas. 
Una sordera muy ligera también, una niebla... por todas partes.


lunes, 7 de febrero de 2011

Un lugar para imaginar.

Que agradable sensación... que el viento acaricie tus mejillas una mañana de invierno, mientras hueles ya la primavera llegando; acercándose al brillo del sol. Tu pelo ondeando suavemente mientras compartes unas risas. El aleteo de un ave sobrevolando el claro cielo. El sol reluciendo, creando sombras en el suelo y en nuestras caras sonrientes. Maia reía alegremente y las comisuras de sus labios subían creando una sonrisa tan natural que la alegría parecía ser como el oxígeno que respirábamos, nos invadía.
El viento pasaba las hojas de un cuaderno lleno de recuerdos. Y mientras aparecía un momento histórico en él escrito, nosotras nos proponíamos seguir la rutina y abandonar algún que otro momento. Entonces Annia cerró el cuaderno y lo guardó en una mochila, mi mochila. Fue apenas perceptible y no nos dimos cuenta de que con ese cuaderno guardamos una historia que jamás sería revelada. Un cuento que nunca más tomaría parte en nuestras vidas. No, no lo hicimos, no pudimos observarlo... El cuaderno olvidado se cerró y con él, recuerdos que no morirían hasta no ser olvidados. Pero nosotras continuamos riendo sin notarlo. Annie, Maia, Nara... nombres que fueron guardados con deseos, logros y actos encadenados. Con un lugar donde esconderse, sin un lugar donde dirigirse...

jueves, 3 de febrero de 2011

¿Será solo un juego?


Recuerdo que no hace tanto, vivir, no era más que un juego. Un juego en el que nos peleábamos por ver quien terminaba antes la tarea en clase. Un juego en el que corregir al maestro de matemáticas significaba ser el mejor. Que un compañero te pasara la pelota en el recreo y marcaras un gol suponía ser popular. Un juego en el que pasarse una nota en clase significaba arriesgar el cariño de la profe hacia ti por ser descuidado y estar distraido; en el que deseabas que tocase el timbre del recreo o de la salida, para quedar por la tarde con tus amigos e ir a un parque a jugar. Un juego en el que un cumpleaños era un estallido de alegría y felicidad por parte de todos. Y que leer no era más que un pasatiempos para competir y ver quien era el que más leía de toda la clase. Un juego en el que ponerte tacones que te doblaban el número de pie y probarte el vestido de gala favorito de tu madre, no era sino una reprimenda y aunque lo volvieras a hacer, tu madre sabía que era porque con ellos te divertías y jugabas a pasearte por toda la casa como una modelo de la tele con tus amigas. Sin embargo, poco a poco, crecemos, unos antes y otros después. Y empezamos a dejar de lado la importancia de las cosas significativas. Y dejamos de jugar a ser mayores y empezamos a ''creer que lo somos''. Creemos saber tanto como un adulto, pensamos llevar siempre la razón, damos motivos para que la confianza en nosotros para los demás no crezca. Y entonces es cuando corregir al maestro de matemáticas supone ser el cerebrito de la clase; leer implica ser una empoyona. Empezamos a sentirnos inferiores o a crecer nuestro ego e ignorancia sin motivo y hacemos estupideces que jamás habrías hecho de pequeño, y que no creo que hicieras como adulto. Las mayores tonterías escritas se llevan a cabo cuando uno se cree maduro e importante, aunque en realidad no lo sea. Y es que en realidad solo creces cuando te das cuenta de tus errores, cuando aprendes con cada paso que das, cuando te levantas por cada caída, cuando aprendes a valorar lo que verdaderamente importa, cuando enseñas el camino a quien se ha perdido, cuando te dejas ayudar porque no encuentras la salida... Solo entonces creces un poquito más. Porque creemos que todo es complicado y que nadie entiende porque reaccionas de una manera u otra, y es que, primero debemos aprender a rectificar de nuestros errores, comprender nuestros sentimientos y pensamientos, y puede que entonces sea más fácil que los demás lo hagan, que los demás nos entiendan. No hay que darle importancia a lo que no la tiene pero tampoco dejar de darsela a l que significa algo para nosotros. No hay más, simplemente hemos olvidado como jugar, hemos tirado los juguetes a la basura, y cuando echemos en falta esa inocencia y esa felicidad o despreocupación entonces todo estará perdido. No habrá más remedio que seguir adelante sin los juguetes que un día abandonamos por querer creer que ya no los necesitábamos. Y es que en realidad todo se basa en ello, en un juego, un juego llamado Vida.