Se acercó hacia la puerta, agarró el pomo y lo giró a la derecha. El corazón dejó latir durante dos segundos cuando la abrió. Entró en aquella habitación oscura. La puerta seguía abierta, y la habitación seguía sumergida en la penumbra pero ella no se dio la vuelta, caminó. Se sentó a esperas de que algo sucediera. Su cabeza giraba en torno a pensamientos. Que podría suceder, que le aguardaría después de aquello. Esperó, pero nada sucedía... nada haría que la luz se encendiera, que la puerta se cerrara, que hubiera otra salida si ella no hacia nada para que ocurriera. Levantó entonces del suelo y buscó a tientas un interruptor, pero no había ninguno. A pesar de la oscuridad y la soledad de aquel cuarto cerró la puerta. Una luz comenzó a hacerse más fuerte justo en frente de ella. Era el sol, se había hecho de día, hubo aguardado y ella acogió la llegada del amanecer despierta. En ese instante comenzó a verse la claridad, había una cama, un armario, un sillón y un enorme balcón, con las puertas cerradas. La luz era permanente y entonces creyó que no existía salida puesto que se había encerrado ella misma. Se sentó a ver pasar el tiempo por la ventana. Definitivamente su vida había permanecido demasiado tiempo en equilibrio. Había objetos, muebles en aquella habitación, permanecía la clara luz del día, pero el vacío seguía con ella. No había movimiento, no existía el sonido, tan solo el transcurso de las horas. Sus sentimientos e ideas eran cada vez más fuertes en su corazón y en ese preciso instante de debilidad, cuando alzó la mirada para contemplar un tablón colgado frente a ella en la pared, fue justo en ese momento cuando sucedió. Entonces se dio cuenta, fue ese día, ocurrió en aquel instante... una lágrima resbaló de sus pestañas dejando un rastro por sus pómulos, queriendo ser valiente al posarse sobre sus labios, pidiendo la muerte al caer sobre el terciopelo del sofá... supo lo que le ocurría, supo cual era el problema. Lo que la gente pensara o creyera, insinuara o dijera no era un problema, nunca lo fue ni lo sería. Era tan solo ella, ella tenía el problema y también sabía como hallar la solución. Todos los pensamientos estaban ordenados, todas las palabras habían tomado forma en un discurso y sus sentimientos hacían cola en un almacén. Su corazón pidió un respiró y su cabeza intentaba evitar mirar la foto en ese tablón. Un susurro se escuchó, y halló una rendija en las puertas del balcón. Las abrió de inmediato. Salió para observar el viento y movimiento sobre la ciudad. Un papel cayó cual pétalo de rosa sobre el suelo, junto a ella, con gran delicadeza. Nora lo recogió y en él había una foto, dos personas, abrazadas, felices, que se miraban, que reían... El cielo comenzó a oscurecerse, la noche se acercaba y amenazaba tormenta. Una última lágrima cubrió aquel papel y entonces sus labios murmuraron un lo siento seguido de un sentido te quiero. Volvió a entrar en la habitación, el papel se quemó y ardía como sus deseos de salir de allí. Pero no se fue. No quiso abandonar lo único que había sido suyo alguna vez. Permaneció de nuevo en el vacío, en la oscura soledad de la tristeza, en la frustración de un sentimiento, entre el cobijo de un te quiero y el susurro de un lo siento.
A no ser que no exista.
"Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y lo que más anhela: su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente vivirá más que él. Un escritor está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio." Carlos Ruiz Zafón